dijous, 6 de maig de 2010

LA LIBRERÍA EMBOSCADA

LA VANGUARDIA, 16/03/2010

(POR MIQUEL MOLINA)

Se acababan los 1970 cuando el profesor de literatura sugirió a sus alumnos que las lecturas obligatorias no tenían por qué hacerlas en la solemnidad de una biblioteca. Cerca de la Rambla, les dijo, había abierto una librería donde, sin abusar, podían consultarse gratis los títulos recomendados. Y así fue como algunos de aquellos estudiantes descubrieron la Documenta, en la calle Cardenal Casañas. Con el tiempo, acabaron comprándose los libros de Mendoza, Marsé, Goytisolo o Luis Martín-Santos, después de dedicar buenas horas libres a rondar sin rumbo frente a las estanterías. A diferencia de la mayoría de librerías de entonces, ningún mostrador se interponía entre el cliente y su compra. Y el anfitrión, Joseph Cots, sólo oficiaba cuando se le requería.

Es probable que algunos de aquellos alumnos figuren entre los 916 amigos que tiene Documenta en Facebook, un colectivo que estos días ha recibido una invitación para festejar los 35 años del local. El jueves están convocados a un debate y a un after hours en la misma librería. El aniversario puede no parecer redondo pero, si calculamos, vemos que el nacimiento se sitúa en el año del Hecho Biológico, cuando tantas cosas empezaron a cambiar. Además de precursora de buenos hábitos democráticos, Documenta fue una tienda pionera en la venta de obras en otros idiomas y en la concepción de la librería como un lugar para disfrutar entre libros, música y personas de hábitos sospechosos, tendencia seguida después con éxito por otros buenos libreros barceloneses, agitadores todos de la buena cultura de papel.

Este sector está ahora ocupado analizando cuándo, dónde y con qué magnitud va a estallar la revolución digital en el mundo de la edición. Sopesando hasta qué punto su supervivencia pasa por añadirle el prefijo e- a sus negocios. Pero Documenta, igual que La Central y alguna otra librería de menor tamaño situada en el entorno de la Rambla, se enfrenta a un problema añadido.

Por su ubicación, emboscada entre vendedores de llaveros franquistas y sucedáneos de pubs irlandeses, la librería se ve obligada a ejercer también un papel de resistente cultural que tiene escaso reconocimiento social. El paisaje ha cambiado frente a los siempre cuidados escaparates de Documenta. No es que haya desaparecido la –mitificada- contracultura de la transición: es que la Rambla se ha desnaturalizado hasta el punto de que la cincuentena de entidades culturales que tienen su sede en ella apenas pueden asomar la cabeza.

Lúcido, cáustico, el director teatral Pep Tosar afirmó hace poco en un debate sobre la Rambla que no cree que librerías como la Documenta sobrevivan diez años más antes de ceder a la presión del entorno y de convertirse en locales de comida rápida. Pesimista, Joseph Cots intervino para advertirle que, si no cambian las cosas, no hará falta esperar diez años para que eso suceda. Que así no sea.

Article aportat per VEI