divendres, 5 de novembre de 2010

dijous, 4 de novembre de 2010

AVV del Casc Antic i Veïns en Defensa de Barcelona Vella

Las asociaciones de vecinos del Casc Antic y de Defensa de la Barcelona Vella queremos plantear aquí algunas observaciones al artículo del ilustre profesor Pareja Lozano, «Hotel del Palau, urbanismo y delito», publicado en su diario el pasado día 16 de octubre.

Con razón sugiere el articulista que las “recalificaciones” u “modificaciones puntuales” o “permutas de calificaciones urbanísticas” no entrañan en sí mismas delito penal alguno. Las asociaciones de vecinos denunciantes nunca han afirmado lo contrario a pesar de que tienen la mala costumbre de intentar averiguar qué interés se oculta en este tipo de operaciones, sobre todo cuando afectan a equipamientos, zonas verdes o a elementos del patrimonio histórico-arquitectónico urbano.

En el supuesto del Hotel del Palau entendemos que la supuesta bondad o no de la propuesta urbanística de sustituir un equipamiento docente protegido por un hotel de lujo mediante una especie de compraventa privada, y no publicitada, de aprovechamientos urbanísticos pertenecientes a una finca de la Generalitat de Catalunya, está íntimamente vinculado a ciertas irregularidades estratégicas de orden administrativo-urbanístico que trascienden su necesaria fiscalización por esa rama del derecho.

En casos como éste las reglas del juego jurídico-urbanístico pueden convertirse en un instrumento nada inocente en manos de determinados asesores técnicos condicionados por la voluntad de “familias”, élites sociales y económicas con ascendente sobre el poder político público. Determinados actos administrativos, sobre todo en materia urbanística, tienen unas consecuencias patrimoniales evidentes de enriquecimiento de sus promotores. En el imperio del libre mercado en el que vivimos, ello tampoco es en sí delictivo. Sin embargo, a veces, estas consecuencias patrimoniales nunca explicadas comportan el sacrificio en la actuación administrativa de principios básicos y rectores en un Estado de Derecho como la imparcialidad, la legalidad, la transparencia, la igualdad o la justicia distributiva. Este dato sociológico de la realidad no debería olvidarse ante el examen de operaciones urbanísticas que además se nos presentan como “bondadosas” o necesarias.

Aquí han existido manifiestas irregularidades jurídico-administrativas, como por ejemplo la aprobación de la modificación puntual del PGM sobre la base de un convenio urbanístico no publicado y firmado sin los correspondientes informes previos sobre su idoneidad, al comprometer patrimonio público. O la flagrante vulneración del proyecto urbanístico hotelero con el entonces vigente Pla d’usos de 2005, al afectar la recalificación un equipamiento protegido y agrupar parcelas independientes a pesar de su expresa prohibición. O también la extraña equidistribución de beneficios y cargas urbanísticas, donde no hay cesiones (salvo el 10% legal) ni cargas urbanizadoras, donde la “compensación” a la Generalitat (no al Ayuntamiento) se hace a golpe de talón. En este sentido, pensamos, también en esta insólita manera de considerar la participación de la comunidad en las plusvalías urbanísticas en la que ésta pierde un equipamiento docente para el barrio, mientras que el uso de la finca de la Generalitat deviene jurídica-nominalmente lo que en realidad ya era: un equipamiento. Y todo ello, con una calculada ocultación de información y al servicio de unos determinados intereses privados influyentes que hacen que dichas irregularidades traspasen esa tenue frontera que separa entre el ilícito administrativo y el ilícito penal.

La resultante perversión singular de la función social del urbanismo y de la función social de la propiedad privada, así como la del interés público de la operación, en función de la “relevancia social” de sus promotores, son indicios suficientes como para que la fiscalía de delitos urbanísticos haya vislumbrado hechos delictivos en ese modus operandi. Y ello con independencia de ser además testigos de cómo este asunto ha puesto al descubierto hasta qué punto tenemos interiorizada y naturalizada la vieja división clasista de la sociedad, la presunta imparcialidad y honestidad de la tecnocracia administrativa y la ausencia de voz, decisión y crédito de los vecinos.

En este caso, el intervencionismo de la jurisdicción penal funciona (debería funcionar) como una garantía del funcionamiento honesto de la Administración pública. Si queremos garantías y juego limpio no cabe argumentar que lo importante es que el gato cace ratones. Ese maquiavelismo de razón de Estado que siempre tiende a suprimir garantías en la fiscalización de la propia Administración pública a los efectos de primar el pragmatismo del “buen funcionamiento de la Administración pública”, no resta heroicidad alguna a la participación en la gestión de la cosa pública. Todo lo contrario. Y dan fe de ello las asociaciones de vecinos y particulares que desde su modesta posición e influencia social, participan en la gestión de la cosa pública de manera voluntaria, desinteresada, sacrificando su tiempo y su dinero. Por favor, en esta historia no nos confundamos de héroes.

dimecres, 3 de novembre de 2010

BARS IRLANDESOS

LA VANGUARDIA, 2003

BARS IRLANDESOS

(PER QUIM MONZÓ)

Fins fa un mes, a l’Afganistan no hi havia cap bar. Ara finalment n’hi ha un, a Kabul. Es tracta d’un bar irlandès que –per decisió del govern, que no veu amb bons ulls que l’immobilisme religiós cedeixi davant el mestissatge cultural i el whiskey- està reservat als estrangers: diplomàtics, periodistes... El bar de Kabul no té rètol que l’identifiqui i s’amaga darrere d’una paret de ciment. Segons declara el propietari a l’ Associated Press, és millor passar desapercebut. El bar s’assembla als centenars de bars irlandesos que hi ha pel món. Amb anuncis de Guinness i llums verds. S’hi serveixen fins i tot llonzes de porc. Per no aixecar la llebre no n’han fet propaganda, però a aquestes altures no hi deu haver a l’Afganistan cap estranger que no sàpiga que existeix

Que sigui irlandès el primer bar que s’obre en territori afganès diu molt de l’esperit que ha aconseguit que, en poques dècades, s’hagin obert pubs irlandesos al món sencer. Abans, per trobar-ne un calia anar a Irlanda o als Estats Units, on a molts bars hi ha encara cambrers joves que vénen de l’illa, parents cada cop més llunyans dels propietaris, que ja fa tres o quatre generacions que són a Amèrica. Però els bars irlandesos americans són fruit d’una immigració integrada i els que s’han obert aquests anys al món, no. Aquests neixen de sobte, en ciutats on amb prou feines viuen irlandesos, i primer aglutinen els professors d’anglès que hi ha a la ciutat –irlandesos, anglesos, americans...-, tot seguit la resta de la colònia i després els indígenes aficionats a beure. L’any passat, en un bar irlandès de Tel Aviv vaig arreplegar un exemplar de The Buzz, que és alguna cosa així com el butlletí de la secta. Hi havia notícies sobre obertures de nous bars irlandesos al Canadà, a Singapur, a Nova Zelanda, a Noruega, a Hongria... Hi havia anuncis d’empreses de decoració que, en un tres i no res, te’n munten un allà on diguis, de cursets de posada al dia per propietaris i gerents, d’empreses que subministren begudes i menjars als bars irlandesos d’Europa, i de discos de música celta. Hi havia receptes de cuina irlandesa i articles força seriosos sobre el que anomenen “el concepte de pub irlandès”.

Cap altra línia de bars ha tingut un èxit semblant. No hi és aliè l’ímpetu de la llengua anglesa al món sencer. Però hauríen pogut ser bars anglesos o americans, i no ho són. ¿Per què? Doncs perquè els irlandesos cauen bé a mig món. No han tingut mai un imperi, i això ajuda. I els seus bars han sabut assumir sense vergonya el que tenen de parc temàtic, i anar més enllà. Gairebé tots els bars que proven de reproduir artificialment l’ambient d’un país cauen en la cursilada, però els irlandesos se salven perquè superen la pega de ser clònics a base d’un bon marge de llibertat. Tots s’assemblen entre ells –la fusta, el tipus de pintura, el vidre esmerilat, els taulells, els prestatges, els anuncis de metall, els mosaics a terra...- però no n’hi ha dos d’iguals. I ens hi trobem bé. Són la materialització, a tres carrers de casa, del bar ideal que hem conegut gràcies al cinema americà: aquell bar tancat i amb les mínimes vistes possibles al carrer perquè, si no ho vols, no sàpigues si són les dotze del migdia o les dotze de la nit.


Article aportat per VEI

diumenge, 31 d’octubre de 2010

Lo que me faltaba por oír

¡Váyanse a vivir a Sant Cugat o a Tiana, donde sea, que aquí necesitamos montar más hoteles!

En el colmo del descaro, el presidente de la Confederación Española de Hoteles y Alojamientos Turísticos, Joan Molas, ha reclamado a prensa, radio y televisión que abandonen "el injusto maltrato" al que someten al turismo que visita Barcelona, tan sólo porque "se colapsan cuatro o cinco calles". "Por ejemplo la Rambla o el paseo de Gràcia", precisa el despacho de Efe, que explica que la reclamación tuvo lugar anteayer, en un acto del Club de la Prensa Turística en el que también estuvieron Jordi Clos, de Turisme de Barcelona; Jordi William Carnes, del Ayuntamiento, y el incombustible Joan Gaspart. Todos ellos piden que los hoteles barceloneses no tengan que aplicar la tasa turística, como hacen los de las principales ciudades turísticas del mundo.

Es decir: según Joan Molas, los medios someten al turismo a un "injusto maltrato". ¿Maltrato? Según el diccionario, maltrato es la "acción y efecto de maltratar". Y maltratar es "tratar mal a alguien de palabra u obra". Descartando la posibilidad de que los redactores de los medios vayan por ahí persiguiendo a los turistas para darles collejas y patadas en la espinilla, queda claro que el maltrato del que Molas habla es el de palabra. Y ¿por qué cree eso? Pues porque de unos años hacia aquí se está denunciando el atropello que el turismo zarrapastroso supone para los barceloneses. Los hoteleros están la mar de felices con la jauría de turistas que sufre la ciudad y, si hubiese más, mejor les parecería, aunque ello implicase expulsar aún a más ciudadanos. "¡Váyanse, váyanse a vivir a Sant Cugat o a Tiana, donde sea, que aquí necesitamos pisos y edificios para montar más hoteles y más apartamentos turísticos!". La zona centro de la ciudad está devastada y la devastación se extiende cada vez más. Durante los noventa todo eso se silenciaba. Se suponía que el negocio turístico estaba por encima del bien y del mal y que por eso había que callar ante las tropelías. Pero la gente se ha hartado. Y, entre la gente, muchos periodistas que no dudan ya en decir lo que opinan. Es eso –decir lo que se opina– lo que Molas llama "injusto maltrato" al turismo.

Fíjense además en un lapsus muy interesante. Habla Molas de "injusto maltrato". Lo cual supone que, en su fuero interno, considera que hay un "justo maltrato". Y no es así: maltratar es siempre injusto. Se puede ser duro e incluso violento con quien lo es, pero eso no es maltratar sino defenderse. Curioso cerebro el de Joan Molas, capaz de albergar la idea de que en según qué casos es justo maltratar. Aunque no debiera sorprenderme, viniendo de alguien para quien Barcelona no es más que un decorado para que él, sus hoteles y sus hoteleros hagan el agosto cada mes del año, alguien que considera que los medios de comunicación deberían ser lacayos que silenciasen el daño que este turismo está haciendo a Barcelona.

Article publicat per Quim Monzó en la Vanguardia