El Servicio de Estudios del BBVA subraya que en un entorno económico como el actual el estímulo del mercado del alquiler sería "muy positivo" porque es un "elemento clave" para la absorción de la sobreoferta.
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Existe, tras de cada iniciativa en materia urbanizadora, una doctrina relativa a lo que se quiere que suceda o que no suceda en ella, a qué tipo de acontecimientos se pretende propiciar o evitar a toda costa. Manuel Delgado
La vivienda ha sido la gran perdedora en las políticas de las últimas décadas. Y por ello, la mayor parte de la ciudadanía ha salido perjudicada. Se han hecho espacios públicos y equipamientos, arquitectura comercial y operaciones residenciales especulativas. Pero casi no ha habido políticas de vivienda social. El retraso en negociar, aprobar y aplicar la Ley del Derecho a la Vivienda en Cataluña ha comportado que se agudice el vacío de vivienda asequible y adecuada. Además se mantiene el prejuicio de que no se necesitan más.
Así, casi sin cobertura pública, resolver esta necesidad ha quedado en manos, por una parte, de los promotores, que salvo honrosas excepciones han primado el negocio especulativo. Y por otra, ha dependido de las entidades bancarias, que sobrevaloraron hace unos años las mismas viviendas que ahora valoran por lo bajo, reclamando a sus hipotecados no sólo sus pisos, sino que cubran ellos la diferencia entre lo que deben y el valor devaluado. Por esta razón, ya hace meses que miles de afectados por hipotecas que han quedado por encima del valor real o cuyas cuotas les resultan impagables se están organizando para defenderse de los abusos de una banca que, mientras aprieta a los que tienen pocos recursos, reclama fondos gubernamentales de rescate para rehacerce de irresponsabilidades legitimadas por tendencias económicas.
La vivienda, que debería ser la clave de la sociedad, y sus usuarios, que somos todos, han quedado desamparados. Y es esta sociedad la que está pagando por los errores de previsión de las instituciones y los bancos que deberían protegerla y la han defraudado.
Parece que en la Cataluña actual prevalece el prejuicio de que las políticas de vivienda son cosa de la derecha. Aún falta para que se den cuenta de que la base de la vida humana es el espacio doméstico. Lástima que aún falte para que las políticas de vivienda tengan el lugar central que les corresponde.
Josep María Montaner, arquitecto, pubicat en el diari El País
Primero fue el aterrizaje suave, en el que se suponía que el valor de la vivienda se iba a estabilizar. Después, la caída moderada. Pero el primer trimestre de este año ha inaugurado la época en la que los precios desfilan sin miedo hacia abajo. No hay noticias de cuándo van a parar. Uno de cada tres españoles vive en una comunidad autónoma en la que los pisos se han abaratado más del 10% en el último año. Y todos los indicios apuntan a que lo que ya ocurre en Cataluña, Madrid, País Vasco y Navarra es una avanzadilla de lo que le espera al resto de España.
El Instituto Nacional de Estadística (INE) informó ayer del mayor descenso de los precios del que tienen constancia los registros españoles: la vivienda a finales de marzo era un 7,6% más barata que un año antes, porcentaje algo superior al 6,8% que daba para el mismo periodo el Ministerio de Vivienda, que se basa en los datos que le proporcionan los tasadores.
"El ritmo de caída todavía es lento. No es comparable con lo sucedido en países como Reino Unido o Estados Unidos, donde los precios han bajado más del 35% desde la cima hasta el suelo. Creo que aún queda mucho recorrido a la baja", sostiene el estadístico y ex presidente del Banco Hipotecario Julio Rodríguez.
Esta opinión entronca con la de distintos organismos y servicios de estudios, como el del BBVA o el Fondo Monetario Internacional, que cuantifican en un 30% el ajuste en los precios necesario para que llegue la ansiada recuperación del mercado inmobiliario. Y, de hacer caso a los datos del INE, hasta ahora el ajuste desde el momento álgido del boom se queda en un tímido 7,6%. El exceso de oferta de casas y la demanda congelada por las malas perspectivas económicas sólo pueden tener un efecto sobre los precios: tirar hacia abajo.
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Que se hipotequen los políticos
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