diumenge, 30 de maig de 2010

“YA NO TIENES NI DÓNDE CAERTE MUERTO”

STAR Nº 45 (1974-1979)

(POR LAURA CONY)

TERCERA PARTE

Nos quedaban sólo cuatro días y ya habíamos agotado toda nuestra materia prima de fe, esperanza y caridad. Como locas vagábamos por las calles, con la vista constantemente levantada hacia las puertas de los edificios por si advertíamos el típico papel rectangular blanco. Piso por alquilar. Razón: portería.

Hacer este tipo de redadas por la ciudad puede resultar más alucinante que cualquier hongo mexicano. En este itinerario demencial conseguimos dar con dos antros, que a primera vista nos parecieron interesantes. El primero de ellos nos lo hubiéramos quedado porque la obsesión de que las cartas no se equivocaban cuando decían que estábamos malditas, nos había embotado tanto el cerebro como para que considerásemos que el piso era justo lo que necesitábamos. La portera, muy amable, consintió en llamar al propietario para que nos entendiésemos con él. Y aquí viene lo que únicamente puede ocurrir en un país tan delirante como en el que vivimos. Después de haber aceptado todas las condiciones que nos imponía, va el hombre y escupe:

“Supongo que ustedes están casadas”.

¿Casadas? ¿Puede haber gente que aún crea en estas tonterías? Y no sólo eso, ¿sino que además las diga en voz alta? Nuestra respuesta fue un no rotundo.

“Ah, pues entonces, sintiéndolo mucho, no hay nada que hacer”.

Resulta que el pájaro aquél quería alquilar su piso a un matrimonio o, en su defecto, a dos. Quería inquilinos serios y responsables. Nada de jóvenes con pinta de cabras locas que seguramente utilizaríamos el apartamento para montar un bingo y bacanales en plan romano. No nos sirvió de nada que le inventáramos una vida de sobriedad y ascetismo, ni tan siquiera que le mostrásemos el certificado de penales completamente limpio. Que no, tú, que tenías que estar casada. La posibilidad de tener que pasar por la vicaría, tanto Anna como yo, sólo para alquilar aquello, que de hecho tampoco era ninguna joya, la descartamos al cabo de tres minutos de deliberación.

El segundo intento fue más folclórico. El piso se encontraba radicado en un callejón sin salida, cerca del puerto. La escalera, naturalmente, además de no tener ni una maldita bombilla, no sabía ni por oídas lo que era un ascensor. Llegamos resoplando al ático, que debía de ser el segundo punto más alto del globo después del Himalaya. Detrás nuestro, también medio asfixiado y congestionado, escalaba el propietario. Hombre cual peonza que no paró durante toda la ascensión de hacer comentarios tontos sobre lo saludable que era, sobre todo para la gente joven, el hacer ejercicio cada día. El piso (¿era aquello realmente lo que corresponde a una definición de piso en cualquier diccionario?) constaba de una especie de habitación de proporciones tan minúsculas que hasta un enano tendría que haber entrado agachado. En un rincón de esta sala que correspondía, según su dueño, a la denominación de comedor-living-cocina, había enclavada una cocina seguramente anterior a la primera guerra mundial, que quedaba separada del resto por una cortina grasienta de color azul dudoso. Habitaciones, lo que él llamaba habitaciones, tenía dos. Una rectangular y la otra de forma piramidal, y además, sin una maldita ventana o rendija para que se filtrara algo de aire. Por hacer una pregunta tonta, inquirí:

“¿Y el baño?”

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